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domingo, 12 de julio de 2015

Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán se fuga de la cárcel por un túnel de 1.500 metros. El pasadizo en la prisión de máxima seguridad disponía de ventilación, iluminación y rieles

Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán se fuga de la cárcel por un túnel de 1.500 metros.
El pasadizo en la prisión de máxima seguridad disponía de ventilación, iluminación y rieles
El capo salió por la ducha

El Chapo Guzmán, durante su detención en febrero de 2014. / SAÚL RUIZ
Lo imposible ha ocurrido. Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, uno de los mayores narcotraficantes del planeta, se ha fugado. El líder del cártel de Sinaloa, de 58 años, se escapó a las nueve de la noche del sábado del penal de máxima seguridad de El Altiplano por un túnel de 1.500 metros. Un pasadizo, iluminado y ventilado, por el que se ha venido abajo el orgullo de las fuerzas de seguridad mexicanas. La magnitud de la obra, que tenía hasta rieles para sacar escombros; la peligrosidad del reo, que sólo necesitó ir a la ducha para desaparecer, y la impunidad que revela todo el increíble plan de huida sitúan al Gobierno mexicano ante el más grave de los retos y ponen en duda su capacidad para hacer frente a su enemigo público número uno. Su captura hace un año, considerada como un éxito sin precedentes en la lucha contra el narco, se enfrenta ahora a su reverso. Y lo que es peor, a la imparable sospecha de que recibió ayuda desde el interior del presidio. Todo el personal de la prisión, hasta ahora la más segura de México, ha sido retenido y 18 funcionarios están siendo interrogados en la capital.
La última grabación en la que se le ve quedó registrada a las 20.52. Tras tomar su medicación, El Chapo se dirigía en ese momento al área de duchas. Allí, fuera de la zona de videovigilancia, inició su fuga. Todo estaba milimétricamente preparado. Oculta bajo una trampilla, se había excavado una boca rectangular, de 2,5 metros cuadrados. Este orificio comunica con un conducto vertical de 10 metros de profundidad, en el que los delincuentes instalaron una escalera. Tras bajarla, Guzmán Loera no tuvo más que pasar al túnel final (1,7 metros de altura y 70 centímetros de ancho) y llegar, bajo luz eléctrica y buena ventilación, hasta un inmueble en obras de la Colonia Santa Juanita. Ahí, desapareció. Atrás sólo quedaron útiles de obra.
El túnel, fruto de meses de trabajo, desata todo tipo de preguntas. ¿Cómo es posible horadar una cárcel de máxima seguridad sin que nadie se dé cuenta? ¿Cuánto tiempo transcurrió hasta que se dio la voz de alarma? ¿Con qué apoyos internos y externos contó El Chapo? El Ejecutivo mexicano fue incapaz de aclarar ninguna de estas cuestiones. El titular de la Comisión Nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, visiblemente afectado, se limitó a leer un comunicado con los datos básicos y recordar que se había puesto en marcha un protocolo de seguridad. Este plan incluyó el cierre del aeropuerto de Toluca, en el Estado de México, donde se ubica la cárcel, así como el despliegue de cientos de policías. Doce horas después de la fuga, el operativo no había dado ningún resultado.
La cárcel de El Altiplano, a una hora en coche del Distrito Federal, forma parte de las leyendas carcelarias mexicanas. En sus 27.000 metros cuadrados se mezclan desde el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, hasta criminales como Servando Gómez Martínez, alias La Tuta, líder de los Caballeros Templarios; el despiadado Edgar Valdez Villarreal, La BarbieHéctor Beltrán Leyva, El H, o Miguel Ángel Félix Gallardo, El Padrino, el padre de los grandes narcos, incluido El Chapo. De sus rejas jamás se había escapado ningún reo. Considerado inexpugnable, el penal está sometido a vigilancia excepcional y, al menos en apariencia, impone a los presos un intenso control. Este hecho ha motivado episodios tan ambivalentes como la carta firmada en febrero pasado por todos los grandes capos en la que se que se quejaban de sus “indignas e inhumanas” condiciones.
La huida de El Chapo, cuya extradición a EEUU había sido denegada por no haber riesgo de fuga, derriba de cuajo este mito y vuelve a poner a las fuerzas de seguridad mexicanas en la situación previa al 22 de febrero de 2014. Ese día, los comandos de la Marina detuvieron al capo en el departamento 401 del Condominio Miramar, frente al malecón de Mazatlán, en Sinaloa. La captura puso fin a una larga e intensa búsqueda que se había acelerado una semana antes, cuando estuvieron a punto de atraparle en su casa de seguridad de Culiacán. Salvado por la puerta de blindaje hidráulico, que le dio unos minutos de oro, pudo huir a través de un pasadizo que desembocaba en las alcantarillas. Acompañado de su escolta, el teniente desertor Alejandro Aponte Gómez, El Bravo, decidió huir a los cerros de Sinaloa, el corazón de su imperio. Pero antes quiso ver a su esposa, Emma Coronel, y a sus hijas gemelas. Las pistas acumuladas y las intervenciones telefónicas (más de 100) permitieron a las fuerzas de seguridad localizarle. El Chapo entró en el hotel de Mazatlán en silla de ruedas, disfrazado de anciano. Cuando los comandos irrumpieron en la habitación, se había ocultado en el baño. Eran las 6.50. Sobre la cama quedaron una maleta rosa, un bote de champú y un montón de ropa desperdigada. Había sido arrestado sin un disparo.
La captura puso entre rejas a un narcotraficante que desde su rocambolesca fuga en 2001 era considerado prácticamente intocable. Guzmán Loera sólo había sido detenido anteriormente, en Guatemala en junio de 1993 en una operación bajo mando mexicano. En aquel entonces ya era un capo importante. Un hombre de orígenes paupérrimos y que escribía con dificultad, pero cuya sangre fría le había hecho prosperar a la sombra del líder del cártel de Guadalajara, Miguel Ángel Félix Gallardo, apresado en 1989 y que precisamente ocupa celda en El Altiplano. Tras esta primera detención en Guatemala, permaneció siete años en prisión, hasta que la noche del 18 de enero de 2001, ocultó en un carro de lavandería, se escapó de la cárcel de máxima seguridad de Puente Grande, en Jalisco. Al menos 71 personas, entre ellas numerosos funcionarios, participaron en la fuga.
Fue entonces cuando empezó su verdadero ascenso. Rompió con sus socios y desató la guerra contra otros cárteles. A sangre y fuego su poder fue creciendo. No hubo límite en esta expansión. Se enfrentó a los temibles zetas, libró una oscura batalla en Ciudad Juárez, doblegó sin compasión a los cárteles más débiles. Abrió nuevas rutas internacionales para la cocaína. Sus años dorados fueron el infierno de México. Era la guerra. Y el Estado respondió con la movilización del Ejército. El país entró en estado de choque. Mutilaciones, decapitaciones, asesinatos en masa se volvieron moneda corriente, mientras en la cúspide del dolor, El Chapo acumulaba una fortuna que, según Forbes, le situaba entre los hombres más ricos del país. El niño criado en las estribaciones de la Sierra Madre oriental, el agricultor de modales torpes, se había convertido en el señor oscuro de América.
Su poder era excesivo. El Departamento del Tesoro de EEUU estableció que controlaba a lo largo de 10 países una red criminal formada por 288 empresas y miles de operadores. Y su capacidad letal, cristalizada en un ejército de sicarios, ponía en cuestión al mismo Estado. Una inmensa maquinaria se puso en marcha para someterle a la ley. Por ello, cuando llegó su caída, fue vista no sólo como un triunfo del Estado de derecho, sino como el principio de fin de la vorágine y el ocaso de una era, la de los grandes señores de la droga.
Bajo estas coordenadas, el Gobierno de Enrique Peña Nieto ha conseguido en dos años y medio acabar con los principales capos que simbolizaban este reto. El primero en caer fue Miguel Ángel Treviño, el Z-40, el hombre que pobló México de decapitaciones y que en sus orgías de sangre aseguran que llegaba a morder los corazones de sus víctimas. Luego llegaron muchos más, como Nazario Moreno, El Chayo, cabecilla de la narcosecta de Los Caballeros Templarios; su sucesor La Tuta, y en marzo pasado Omar Treviño Morales, el Z-42. Estos éxitos han sido presentados como una seña de identidad del Ejecutivo y han hecho creíble un combate que durante años se movió entre el escepticismo general. La fuga del penal de El Altiplano y sus más que previsibles repercusiones políticas, van a zarandear de firme estos logros. El Chapo vuelve a estar libre. El Estado mexicano se enfrenta, de nuevo, a su mayor enemigo.

FUENTE: http://internacional.elpais.com/internacional/2015/07/12/actualidad/1436683448_468552.html


martes, 21 de octubre de 2014

¿Es Guerrero una bomba de tiempo para México?

¿Es Guerrero una bomba de tiempo para México?
Cientos de policías buscan a los estudiantes desaparecidos en Guerrero. Foto: AFP/Getty
"El país hierve". Así definió un columnista del diario El Universal la situación de México tras la desaparición de 43 estudiantes y el hallazgo de fosas clandestinas en Guerrero.
Analistas, legisladores y organizaciones civiles afirman que es la peor crisis política y de seguridad en lo que va del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, que inició en diciembre de 2012.
Incluso el mandatario define el momento como "un gran reto para el estado mexicano", y comprometió a todo su gobierno para localizar a los desaparecidos: los alumnos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa Raúl Isidro Burgos que fueron atacados por policías de Iguala el pasado 26 de septiembre.


Pero la crisis puede crecer e incluso algunos ven la situación actual como una bomba de tiempo para el país.
Casi a diario se organizan protestas en Guerrero para exigir la ubicación de los 43 estudiantes desaparecidos.
"Guerrero es un estado emblemático por la acumulación de violencia a lo largo de decenios", le dice a BBC Mundo el antropólogo Roger Bartra, investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Movimientos
Mientras, estudiantes de escuelas normales rurales, de universidades en seis estados, sindicatos y otras organizaciones han realizado protestas para exigir la ubicación con vida de los estudiantes.

Algunos como Jesús Martín del Campo, miembro del Comité del 68 –una organización civil de activistas del movimiento estudiantil de ese año- creen que lo sucedido en Iguala reúne a cada vez más jóvenes.
"Es muy animador, muy esperanzador que los jóvenes contribuyan con su movilización y su participación a que esclarezcamos estos acontecimientos, y que también demos otra señal que no sea de desesperanza", le dice a BBC Mundo.


Pero al mismo tiempo grupos como el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI), anunciaron una ofensiva contra los miembros de la banda Guerreros Unidos, responsables de la desaparición de estudiantes según la Procuraduría (fiscalía) General de la República (PGR).
Además la Comisión Interamericana de Derechos Humanos estableció medidas cautelares para los familiares de las víctimas, mientras que parlamentarios europeos y el representante adjunto en México del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos expresaron su preocupación por lo que sucede en el estado.
 
Crece la inconformidad por la desaparición de estudiantes en Guerrero. Foto: AFP/Getty
El presidente Peña Nieto insiste en que no habrá impunidad en el tema. "Seguiremos trabajando sin descanso en esta búsqueda", resalta.
En el rastreo de los estudiantes de Ayotzinapa participan cientos de policías federales, policías comunitarios y compañeros de las víctimas. La búsqueda se realiza en cerros, minas, cuevas, ríos y lagunas.
Las autoridades desarmaron además a los policías de 15 municipios de Guerrero y el Estado de México, y hasta el momento más de 30 personas han sido detenidas.
El caso rebasó las fronteras mexicanas, señala José Antonio Ortega Sánchez, presidente del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal.
"La desaparición de 43 estudiantes normalistas en Iguala, Guerrero, ha causado una oleada de indignación nacional e internacional", advierte.
El pasado
Sin embargo, lo que ahora se vive en Guerrero es un episodio de la larga historia de violencia en el estado del sur de México.

En la década de los años 60 y 70 en la entidad surgieron dos de los principales grupos guerrilleros, el Partido de los Pobres (PDLP) encabezado por Lucio Cabañas Barrientos, y la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR) cuyo líder fue Genaro Vázquez Rojas.
Cabañas fue maestro egresado de la Normal de Ayotzinapa. Desde entonces se ha vinculado a la escuela con grupos radicales.
Los grupos fueron una respuesta al clima de represión política que se vivía en esa época, según han documentado historiadores, y en el caso de Vázquez Rojas fue también una alternativa a fraudes electorales contra candidatos apoyados por campesinos y maestros.


En Guerrero se libró una de las etapas más intensas de la llamada Guerra Sucia, una operación policíaco-militar para combatir a los grupos armados y que dejó cientos de muertos y desaparecidos.
Los sobrevivientes de ese período se mantienen activos dentro de grupos como el ERPI o el Ejército Popular Revolucionario.
Luego, durante el gobierno del expresidente Carlos Salinas de Gortari en la entidad fueron asesinados más de 400 militantes del izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Pero esto es sólo una parte de la historia, insiste el investigador Bartra: a pesar de que hace doce años el Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue desplazado por la izquierda, la alternancia política es aparente.
"Son gobiernos del PRD pero que provienen del PRI, es toda la cultura nacionalista revolucionaria priísta que ha permitido que durante decenios y decenios se mantengan estructuras corruptas en los municipios y las instancias gubernamentales del estado", advierte.
Narco
Pero además de la violencia política, durante décadas Guerrero ha sido trinchera en la batalla por controlar las zonas de producción de marihuana y amapola.
 
Rastreo de estudiantes desaparecidos en Guerrero. Foto: AFP/Getty
Hasta 1989 el territorio era controlado por el llamado Cartel de Guadalajara, pero al fracturarse quedó en control de bandas locales que se han asociado, en distintas épocas, con la organización de Tijuana o Sinaloa.
Desde 2008, en la zona montañosa del centro, la región de Costa Chica y el balneario de Acapulco existe presencia del grupo de los hermanos Beltrán Leyva, mientras que la región de Tierra Caliente fue controlada por La Familia Michoacana primero, y luego el cartel de Los Caballeros Templarios.
Desde el año pasado uno de los grupos dominantes en esa zona es la banda Guerreros Unidos, quienes mantienen una disputa con otro grupo al margen de la ley: Los Rojos.


Los dos aparecieron tras la captura en 2010 de Édgar Valdéz Villarreal, conocido como La Barbie.
La mezcla de todos los elementos explican la violencia actual de Guerrero, insisten especialistas. Pero también del riesgo que se extienda a otras partes de México.

FUENTE: Alberto Nájar
BBC Mundo, Ciudad de México
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/10/141021_mexico_guerrero_bomba_tiempo_an