La matanza de Uchuraccay, 43 años después: un hijo desafía la versión oficial sobre el mayor asesinato de periodistas en el Perú.
Carlos Infante reconstruye la
matanza en la que murió su padre y otros siete reporteros, y señala
responsabilidades políticas y militares.
Un niño de 11 años intenta convencer a su padre de que lo deje acompañarlo en un viaje. Su padre le dice que visitará a su abuela y que solo será un ida y vuelta. Ante la insistencia del pequeño, se muestra cortante y lo manda a dormir. Pero el niño no se rinde y prepara su mochila a escondidas. Al día siguiente, se levanta a las seis de la mañana, desafiando el frío serrano que invita a quedarse entre las sábanas. Pero su padre ya no está. Conociendo la obstinación del segundo de sus cuatro hijos, había decidido pasar la noche en su taller de imprenta para no tener que decirle que no una vez más.

Retrato emblemático de los periodistas que murieron a manos de los comuneros de Uchuraccay en 1983.
La brutalidad del crimen
conmocionó al país y desató numerosas interrogantes. Se creó una comisión
investigadora, encabezada por el escritor Mario Vargas Llosa, cuyas conclusiones, a
pesar de haber sido rebatidas, perduran hasta hoy: los periodistas —que habían
viajado a la zona para investigar la muerte de unos terroristas en un pueblo
cercano— fueron confundidos con miembros de Sendero Luminoso por los comuneros de
Uchuraccay, que los atacaron en masa.
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| Los cuerpos de los periodistas. |
Según esa versión, los comuneros
creyeron que sus cámaras eran armas y no pudieron entenderse porque unos
hablaban español y los otros, quechua. El verdadero problema peruano, decía
entonces Vargas Llosa, era el de “la incomunicación entre quienes disfrutamos
de condiciones de vida moderna, y esa mayoría que languidece en la más pavorosa
miseria, cuya vida es y solo puede ser bárbara y a la que, por lo mismo,
exigirle comportamientos civilizados resulta una obscenidad”.
La tesis, respaldada por el
Gobierno de Fernando Belaúnde, culpaba a todos y, al mismo tiempo, a nadie. 43
años después, uno de los huérfanos de la masacre de Uchuraccay reabre la
discusión sobre lo que realmente sucedió. Carlos Infante Yupanqui, hijo de
Octavio Infante García, el Gordo Octavio, publicó hace unos
meses Dame tu cámara, carajo (Universidad Nacional de San
Cristóbal de Huamanga), un ensayo de 181 páginas sustentado en más de una
década de investigación, trabajo de campo, nuevos testimonios y documentación
que le ha permitido reconstruir el ataque y señalar a responsables con nombre y
apellido. Pero el libro también le ha servido para aliviar el peso de una
pregunta que nunca dejó de hacerse: si aquella mañana hubiera logrado acompañar
a su padre, ¿habría podido cambiar su destino?
Desde que asimiló que no
volvería a treparse a la espalda de aquel hombre corpulento, de baja estatura y
lentes ahumados, Carlos Infante supo que sería periodista y que algún día
saldaría cuentas con esta historia. Cada vez que iba al colegio, se detenía un
momento en la imprenta para recordar a Octavio escribiendo en el viejo linotipo
sin mirar el teclado. Lo recordaba exhausto, llegando a casa después del toque
de queda, agitando una tela blanca para que no lo detuvieran. Y lo recordaba
frontal, sin amilanarse a la hora de publicar una noticia, aunque pudiera
traerle problemas con los subversivos o con las Fuerzas Armadas. Ayacucho fue el principal campo de batalla de una guerra que
dejaría allí por lo menos 25.000 muertos y desaparecidos.
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| Carlos Infante y el mausoleo de los mártires de Uchuraccay.PARIS ARMIN |
Las fotografías cambiarían la
discusión sobre el caso. En mayo de 1983, apenas cuatro meses después de la
matanza, salieron a la luz nueve imágenes desenfocadas halladas en la cámara de
una de las víctimas. En ellas se ve a los periodistas conversando con comuneros
de Uchuraccay, una secuencia que puso en cuestión la idea de que no hubo
diálogo y de que ni siquiera tuvieron tiempo de identificarse. Willy Retto
apretó nueve veces el obturador antes de morir.
Carlos Infante afirma que aquel
“hallazgo” de las cámaras en una cueva de vizcachas fue montado para
presentárselo a un juez que necesitaba pruebas, pero que los infantes de Marina
—que ejercían el control en la provincia de Huanta— no contaban con que una de
las cámaras pudiera contener evidencias capaces de contradecir la versión
oficial. El idioma tampoco habría sido una barrera: además del guía —que era su
tío—, su padre hablaba quechua. Luego se sabría que algunos de sus verdugos
hablaban castellano y que incluso habían recibido instrucción militar. Pero lo
más grave, cuenta Infante, vino después. El general Clemente Noel Moral, quien
estaba al mando de varias regiones declaradas en estado de emergencia, intentó
responsabilizar a los propios periodistas de su muerte. “Dijo que fue su culpa
por ir a buscar a senderistas, que además portaban una bandera roja, y que
muchos de ellos tenían esas inclinaciones”, dice.
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| Una de las nueve fotos de Willy Retto, quien no dejó de disparar el obturador hasta su muerte. |
“Eran absolutamente conscientes
de la responsabilidad penal por los crímenes sistemáticos que habían cometido,
pero sentían un grado de impunidad por el apoyo de las Fuerzas Armadas”, dice
Infante. El autor traza una cadena de mando que empieza con el presidente Belaúnde —con quien la historia suele ser
indulgente—, continúa con su ministro de Guerra, el general Luis
Cisneros, y sigue con el general Clemente Noel, entre otros, por haber aplicado
el Manual ME-41-1, que regía las operaciones contraguerrilleras. Todos han
muerto ya, como varios de los deudos. Pero Infante todavía espera justicia,
aunque sea con el relato. La última posibilidad está en la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos. La petición de los familiares fue declarada
admisible en marzo de 2010, pero no ha avanzado desde entonces.
Su madre, la viuda de Octavio,
le ha pedido que se cuide. Remover el pasado puede ser peligroso, sobre todo
en días en los que la memoria está amenazada. A
sus 54 años, Carlos Infante asegura que no tiene miedo y que, con su ensayo,
tiene cómo disputar el relato que se impuso durante décadas. Uchuraccay ya no
es la palabra con la que lo molestaban de niño. Es el libro que necesitaba
escribir.
FUENTE: Renzo Gómez Vega
https://elpais.com/america/2026-08-31/la-matanza-de-uchuraccay-43-anos-despues-un-hijo-desafia-la-version-oficial-sobre-el-mayor-asesinato-de-periodistas-en-el-peru.html



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