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jueves, 25 de mayo de 2017

"Si robas seres humanos nadie te va a decir nada": el aterrador viaje de Flaviano Bianchini, el periodista italiano que cruzó México como indocumentado

"Si robas seres humanos nadie te va a decir nada": el aterrador viaje de Flaviano Bianchini, el periodista italiano que cruzó México como indocumentado 
Bianchini cruzó México subido al tren conocido como La Bestia y a pie.
Un día de 2012 Flaviano Bianchini acude a la oficina de correos de Tecún Umán, el principal paso fronterizo de Guatemala hacia el estado mexicano de Chiapas.
Y venciendo a la voz interior que le dice que no lo haga, entrega a la señora de la ventanilla el sobre que sostiene entre los dedos y en el que escribió una dirección de Ciudad de México.
"Me miro las manos vacías. Ya no está. Se ha ido. Mi escudo, mi protección. Un estúpido rectángulo de cartón de un color indefinido entre marrón y rojo burdeos", escribirá tres años después.
El librillo en cuestión es -era, más bien- su pasaporte italiano.
Y así el periodista se transforma en Aymar Blanco, su alter ego peruano, un indocumentado.
Ese es el día cero.
A esa jornada le siguen 21 más, en las que logra cruzar toda la geografía mexicana, desde Ciudad Hidalgo en Michoacán hasta el Sásabe, en Sonora.
Y de allí, sorteando el desierto y el doble muro que separa en ese punto a México de Estados Unidos, consigue llegar a Tucson, Arizona.
Lo que hace Bianchini es el mismo camino que recorren cada año miles de migrantes en busca del sueño americano. Y lo realiza en las mismas condiciones que ellos: sin documentos.



Su objetivo es vivir en su propia piel una travesía que saca "lo mejor y lo peor del ser humano" y denunciar "el gran negocio que suponen las fronteras para las organizaciones criminales y, en algunos casos, los estados legalmente constituidos".

Flaviano Bianchini se deshizo de su pasaporte italiano y así se convirtió en Aymar Blanco, un indocumentado.
"La mirada cambia"
El reto, al que se enfrentó inventado un personaje -un oriundo de la Amazonía con ancestros vascos para explicar su altura y su piel pálida y que nadie sospechara-, lo relató primero en italiano, en el libro Migrantes. Clandestino verso il sogno americano, publicado en 2015 por la BFS Edizioni.
Y en 2016 salió al mercado en español, titulado El camino de la Bestia. Migrantes clandestinos a la búsqueda del sueño americano, de la mano de la editorial Pepitas de Calabaza.
"Decidí viajar sin pasaporte porque la mirada cambia y porque la forma de pensar es distinta sin ese escudo", le cuenta Bianchini a BBC Mundo.
"Además, llevarlo quizá me hubiera ayudado con la policía, pero con las bandas criminales podría haber sido peor. Me hubieran secuestrado, hubieran pedido un rescate, y de no obtenerlo, me habrían matado", dice tajante.
Con unos y con otros se topó, así como con el frío y el calor extremo, un hambre y una sed insoportables, el cansancio.

"Aunque lo peor fue el miedo, no el dolor físico", reconoce.
Se refiere por ejemplo al terror que sintió aún en Veracruz, cuando, tras soportar 24 horas en un falso fondo de la caja de un camión, sometido a la temperatura infernal del motor junto a otras 45 personas, y viajar unos kilómetros en La Bestia -como se conoce a los trenes de mercancías que cruzan México y sobre los que viajan los migrantes-, la policía los encerró en un calabozo.
Allí pasaron dos días, hacinados y de pie, tras ser despojados de todos los objetos de valor.
"No sabes cuándo te van a dejar ir y sabes que puedes salir en muy malas condiciones, que te pueden vender a una banda criminal o que pueden violar a todas las mujeres".

Las reglas de los migrantes
Pero salió ileso, igual que del encuentro con aquellos hombres armados hasta los dientes, sicarios, miembros de un cartel o más probablemente de una banda.
Por fortuna, no terminó siendo parte de ese 25% que -se calcula- emprende el camino de sur a norte y desaparece. "Una masacre", en sus palabras.

Burló ese posible destino en parte por la suerte, pero también gracias a que siguió las reglas que "todos los migrantes conocen", aquellas que se heredan boca a boca en los países que llevan años vaciándose.
"Las normas van pasando de generación en generación, como la madre de todas ellas: no te fíes de nadie, ni de los propios migrantes", le explica a BBC Mundo.
O como el "no te duermas, no te duermas", que se repite como un mantra durante todo el trayecto.
Otros trucos los aprendió en el camino, como el de saltar con mucho impulso, agarrarse al tren y subir mucho las piernas, para que la Bestia no las devore, dejándote lisiado.
Con algunos compañeros que sí hizo migas a pesar de la regla de oro de no confiar, e inventaron hablar por turnos en la montaña, para no perderse con esa niebla que no les permitía verse ni los pies propios.

"Las reglas van pasando de generación en generación, como la madre de todas ellas: no te fíes de nadie, ni de los migrantes"

Flaviano Bianchini, periodista

FLAVIANO BIANCHINI
Aunque otras buenas prácticas las conocía por ser quien es realmente -un periodista italiano especializado en temas sociales y ambientales- no el personaje que se creó.
Así, se atrevió a "desinfectar" sus calcetines usados con el agua ácida de aquella mina abandonada del desierto de Sonora, tan cargada de químicos que no dejaba microorganismos con vida.
Lo hizo ante la atónita mirada de sus compañeros de viaje, que por nada del mundo se atreverían a tocar un agua tan anaranjada.
Menos valor que las bananas
Todos ellos eran migrantes, "una de las mercancías más lucrativas, eficientes y con menos riesgos del mundo", señala Bianchini en su libro.
"Si robas seres humanos nadie te dirá nada", añade, y los compara con un cargamento de bananas.
"Cuando se envían bananas hacia al norte en un tren de carga, alguien se queda con un papel que dice cuántos kilos son y cuándo se mandaron. Y si no llegan a destino, ese alguien los reclama", explica.

Los migrantes son una de las mercancías más lucrativas, eficientes y con menos riesgos del mundo"
Flaviano Bianchini, periodista


"Pero con los migrantes no pasa eso. Es la paradoja. Una banana o un mango vale más que tú".
Un comentario también válido para lo que ocurre en el otro extremo del mundo, en el Mediterráneo, si se compara a los que cruzan ese mar huyendo de Siria, de Afganistán o un país subsahariano, con el petróleo o el hierro que surca esas agua en dirección a Europa, dice.
Y reflexiona: "Los migrantes son una invención moderna. Hasta hace 50 años una persona venida de fuera era un recurso más".
Se aprendió las reglas de los migrantes, como el de no confiar en nadie, ni siquiera en uno de ellos.
Él fue uno de ellos y logró su empresa.

La salvación parecía estar al otro lado de la Interestatal 10, la autopista que recorre el sur de EE.UU. desde California hasta Florida.
"Pero haber cruzado la frontera no significa nada", se lamenta.
"No representa otra cosa que volver a transformarse en carne de matadero para un patrón que habla otra lengua y cree formar parte del país más civilizado y democrático del mundo", explica.
Al otro lado de este desierto del desierto de Sonora, ya en Estados Unidos, es donde para el migrante empieza lo realmente difícil, dice Bianchini.
"Y aunque para mí mi travesía como indocumentado terminó al otro lado de la Interestatal 10, para todos los demás es entonces cuando comienza el camino más peligroso".
* Este artículo se publica en el contexto de Centroamérica Cuenta, un festival de literatura y pensamiento que se lleva a cabo en Managua, Nicaragua, entre el 22 y el 26 de mayo, y en e quel BBC Mundo ofrece el taller "Mitos y realidades del periodismo digital".

FUENTE:
BBC Mundo *
http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-39762017?ocid=socialflow_twitter


domingo, 3 de mayo de 2015

El infierno perdido de los migrantes. Crónica del drama de los migrantes indocumentados que pasan por Urabá rumbo a Estados Unidos y que se le está saliendo de las manos al país. Gilber González tuvo que quedarse quieto mientras veía cómo violaban a Lizandra, su mujer. “Con el cañón de una pistola dentro de la boca, ¿qué más podía hacer? Nada”, dice. Solo permanecer impasible, petrificado, mientras se le salían las lágrimas más amargas que ha derramado en toda su vida.

El infierno perdido de los migrantes.
Crónica del drama de los migrantes indocumentados que pasan por Urabá rumbo a Estados Unidos y que se le está saliendo de las manos al país.
Gilber González tuvo que quedarse quieto mientras veía cómo violaban a Lizandra, su mujer. “Con el cañón de una pistola dentro de la boca, ¿qué más podía hacer? Nada”, dice. Solo permanecer impasible, petrificado, mientras se le salían las lágrimas más amargas que ha derramado en toda su vida.
Gilberl dejó a sus hijastros en Cuba para emprender “el sueño americano”. Con Lizandra, su mujer, viajaron en avión hasta Ecuador. Allí trabajaron tres meses hasta reunir la plata que necesitaban para el resto del periplo, con tan mala suerte que en Colombia los robaron y los sometieron a todo tipo de vejámenes
Lizandra, y esto es lo que más atormenta a Gilberl, tenía dos meses de embarazo para ese día en que fue abusada por hombres armados, en una trocha en la frontera entre Ecuador y Colombia. En la oscuridad del monte les robaron, además, 2.500 dólares y el teléfono celular, con el que se suponía iban a mandar señales de vida por el camino. Esa fue la bienvenida que Colombia le dio a esta pareja de cubanos.
Han pasado diez días desde la violación. Gilberl y Lizandra llevan más de dos horas sentados en las escalinatas del parque principal de Turbo (Antioquia), como un par de mudos a los que nadie voltea a mirar. Se acomodaron allí, tras cuatro días sin comer y ocho sin bañarse, a esperar que del cielo les cayera un milagro. Aunque les falta muy poco dinero para completar lo que les cobra un coyote para pasar la frontera con Panamá, ya no les resta una sola gota de energía ni de dignidad en sus cuerpos para continuar con el viaje que emprendieron el 18 de diciembre del año pasado.
Gilberl es un ebanista, carpintero, electricista, soldador y albañil de la Cuba de Raúl Castro. Asfixiado por el régimen, al que todos los días hay que pagarle más y más impuestos, Gilberl vendió su casa y convenció a Lizandra para que salieran a buscar mejor vida. Los niños se quedaron al cuidado del abuelo, esperando noticias de la llegada a Estados Unidos. Pero la apuesta salió mal. Este hombre, que lleva en sus ojeras tatuada la mala suerte de los últimos días, está a punto de quitarse el pantalón que lleva puesto para venderlo, pues necesita que al menos Lizandra llene el estómago con arroz.
Durante los últimos seis años, el Urabá antioqueño se convirtió en ‘el hueco’ por el que migrantes provenientes de Cuba, África y Asia transitan con la idea de llegar a Panamá, para luego iniciar un viaje incierto a los Estados Unidos. Y cada vez aparecen más. Y en esta ruta Turbo se ha convertido en el punto de partida del cruce final hacia Centroamérica.
(Izquierda) Theodore es un camerunés de 27 años que en Turbo intenta conseguir un contacto para que lo lleve hasta Panamá. En su país dejó a dos hijos: Stanley, de 7 años y Sharllote, de 5. (derecha)Achaleke Valentine dice que en Camerún tenía que sostener a las seis esposas que dejó su padre fallecido. Ahora está en Turbo sin plata, en un limbo que no parece tener pronta salida.
El año pasado fueron sorprendidos en el país 2.111 extranjeros deambulando sin documentos, según Migración Colombia, la autoridad encargada de llevar a cabo los trámites de deportación. El mayor número de migrantes viene de Cuba. En la lista siguen, en su orden, Nepal, China, Bangladesh, Somalia, India, Ecuador y República Dominicana.
El aumento respecto a 2013 fue del 248 por ciento. Y la avalancha sigue en ascenso. En los tres primeros meses de este año la cantidad de migrantes devueltos hacia zonas de frontera iba en 1.111, es decir, 840 personas más que el año pasado. Y eso en el caso de los reportados. El número de mujeres y hombres de otras nacionalidades que están transitando por el Urabá puede ser del triple o más, dice un funcionario de un organismo internacional que pide no sea publicado su nombre.
Lo que quizás nunca advirtieron viajeros como Gilberl y Lizandra es que durante el trayecto terminarían convirtiéndose en víctimas de un negocio trasnacional, que deja miles de millones de dólares y del que se lucran redes de tráfico de personas, paramilitares, guerrilleros, coyotes y hasta las mismas autoridades.
Achaleke Asonganyi Valentine es un camerunés de 33 años al que la Policía colombiana le ha venido cobrando peajes ilegales desde que entró al país. El olor agrio que expele habla de lo larga que ha sido su travesía. En Turbo, Valentine se quedó varado sin plata ni pertenencias. Lo único que lleva en su bolsillo es la copia de un salvoconducto que migración le dio para que saliera por Ecuador, el país por el que ingresó. Pero Valentine se resiste a tener que devolverse ya habiendo recorrido 15.241 kilómetros desde que tomó un vuelo en Duala, la capital financiera de Camerún, rumbo a São Paulo, en Brasil, para luego seguir en bus, canoa y a pie hasta este golfo de Urabá en el que su drama no le importa a nadie.
Porque aparte de una oficina de migración, que está allí con unos pocos funcionarios para controlar que no pasen cientos y cientos de migrantes -en una tarea a todas luces fallida-, en Turbo no hay ningún organismo que les brinde a los indocumentados una asistencia humanitaria de emergencia o que esté allí para garantizar que no les sean violados sus derechos humanos.
“En este momento hay un limbo respecto a los migrantes en tránsito. El fenómeno se ha venido disparando considerablemente. Apenas se está comenzando a hablar del tema desde la Gobernación de Antioquia y desde las alcaldías. Pero no hay una política pública ni un programa de asistencia humanitaria para atender estos flujos migratorios”, dice un empleado oficial.
Los africanos llegan a Urabá muy nerviosos. Tienen en contra que pueden ser descubiertos solo por contestar a la pregunta de un transeúnte. Aunque su raza podría pasar desapercibida, los africanos son fácilmente identificables por el olor concentrado del trajín y porque bajo semejante sol, casi siempre llevan puestas prendas de lana. Es el caso de Theodore, un paisano de Valentine que lleva todo un día sentado en un banca sin saber qué hacer o con quién hablar para conseguir un contacto. Muerto del miedo dice que se ha alimentado solo de pan, pero que perdió el apetito de tanto estrés que lleva encima. Theodore se ha comunicado en las últimas horas solo con una Biblia que guarda en su morral.
En inglés y en francés, porque no lo puede decir en español, Valentine quiere dejar constancia de la deshonestidad de los policías con los que se ha topado a su paso por Colombia. “Estoy aquí como un cerdo, en una terrible condición. Solo quisiera irme de aquí porque mi vida está en peligro”.
Una guía no oficial que circula entre cubanos advierte que quien asuma el viaje debe llevar consigo mínimo 3.000 dólares, y guardar dinero para pagar sobornos a las autoridades. “En Pasto hay un retén a la salida del terminal. No falla, con 50 dólares por cabeza los pasan, o hablen con el chofer para que los recoja al salir si no quieren pagar tanto”, se lee. El coronel Jaime Humberto Rojas, comandante (e) de la Policía de Urabá, no descarta que algunos uniformados se estén aprovechando de los migrantes, pero dice que a su despacho no ha llegado, hasta ahora, ninguna denuncia.
El golfo de Urabá es una tierra compleja por su cercanía con Panamá. En manos de las bandas criminales que operan en las zonas de frontera, tanto terrestre, como marítima, la suerte del migrante también peligra. El Waffe, en Turbo, es un puerto caluroso asediado por aguas pestilentes, que también sirve como punto de partida de rutas del narcotráfico. Este año, por poner solo un ejemplo, en el Urabá han incautado cuatro toneladas de cocaína.
En el cementerio de Turbo hay 13 fosas de migrantes que se ahogaron intentando llegar a Panamá. Nadie sabe quiénes eran. Evelio Cortés, el sepulturero, dice que los cadáveres llegaron sin prendas y en estado de descomposición.
Hablar de indocumentados en Turbo es delicado. Cuatro personas coinciden en decir que los paras tienen prohibido a los nativos prestarles cualquier ayuda a los extranjeros o servir de coyotes sin autorización. El 16 de abril, el miedo se podía casi tocar en los alrededores del Waffe, tras el asesinato de Luis Eduardo Salas, el Mariguano, uno de los maleteros más tradicionales del puerto. Amigos del Mariguano temen que su crimen esté relacionado con su intento de haber sido coyote.
La migración está moviendo la economía legal e ilegal en Turbo. En los barrios marginales el cupo en una pieza, donde pueden meter hasta a ocho personas, vale 30.000 pesos la noche. Solamente por conseguir el número celular de un coyote, cobran 25 dólares. En esta cadena alimenticia gana desde el conductor de bus intermunicipal, hasta la señora que en su casa se arriesga a venderle comida al migrante. Es un negocio tan rentable, que tal vez esa sea la razón por la cual los paramilitares no quieren competencia. Cubanos y africanos deben pagar 700 dólares cada uno para viajar escondidos en un bote que llega hasta La Miel, un pequeño poblado a orillas del Caribe, ubicado en toda la línea divisoria entre Colombia y Panamá. Hay embarcaciones que pueden estar llevando entre 40 y 60 pasajeros, lo que quiere decir que un solo viaje de migrantes puede dejarles a los ilegales 42.000 dólares, cerca de 96 millones de pesos. De ahí también sale la plata que cobran las autoridades para dejarlos pasar.
Y es ese el panorama enmarañado al que llegan los extranjeros que huyen de sus países. Una vez en Turbo la fatalidad depende de la plata que se lleve en el bolsillo. Si el viajero tiene los 700 dólares, el destino es La Miel. Los cubanos que logran desembarcar en aquel punto se presentan ante la guardia panameña, que los alberga y les facilita la entrada a Puerto Obaldía. En medio del poblado hay un aeropuerto de donde parten vuelos hasta Ciudad de Panamá. Los africanos, en cambio, tienen que seguir al escondido como ilegales.
Pero si hay menos dinero, el bote solo va a Capurganá. O incluso, cuenta un hombre que ha hecho varios recorridos, a los pasajeros los tiran varios kilómetros antes, en un caserío llamado El Aguacate. “A eso de las cinco de la tarde salen caminando hasta Capurganá. Sobre las nueve de la noche comienzan una travesía monte adentro, dándole la vuelta a Zapzurro. Llegan a La Miel a eso de las dos o tres de la mañana. Eso es a pie limpio. Y es una ruta insegura. Algunos coyotes los han robado y violado a las mujeres. Quien vaya sabe que se somete a cualquier cantidad de vejámenes”.
En el cementerio de Turbo, Evelio Antonio Cortés, sepulturero de oficio, guarda bien patente en su memoria la fecha del 28 de diciembre de 2013. Ese día llegaron los cadáveres de siete migrantes ahogados, que podrían haber sido cubanos o africanos. “No se sabe, eso venían revueltos”, dice. En la primera semana de enero de ese mismo año, ya había enterrado otros seis. Don Evelio dice que a las tumbas de estas 13 personas, sepultadas como NN, no les falta su padrenuestro. Así sea solo a veces, cuando se acuerda. En Urabá circulan dos versiones sobre el ahogamiento: una, que la panga iba con sobrecupo. Dos, que los coyotes, una vez robaron a los migrantes, los tiraron al mar. No deja de ser extraño, en todo caso, que no hubo colombianos muertos en ninguno de los dos episodios.
Pero hay otros peregrinos, sobre todo africanos, que se aventuran por rutas aún más baratas y por ende más peligrosas. Viajan escondidos en barcos que llegan a Riosucio, Chocó. De allí emprenden un viaje en canoa hasta Puente América, un pueblecito donde confluye el delta del río Atrato. Los paramilitares controlan la margen izquierda; la guerrilla de las Farc, la derecha. Por el norte está el Parque Nacional Los Katíos, selva pura; y por el occidente el río Cacarica. Y por allí comienza una odisea hacia el tapón del Darién, esa densa selva interminable que se ha tragado a los migrantes que no tuvieron los pulmones para cruzarla.
Gilberl y Lizandra temblaron al comerse el primer almuerzo completo en cuatro días de ayuno forzado. Además de relatar su historia a los enviados de SEMANA, prometieron conectarse a Facebook en cuanto tuvieran algún acceso a internet. Se despidieron el jueves 23 de abril. Al cierre de esta revista, Gilberl dio señales de vida. ¿Siguen en Turbo? “No, estamos botados en Puerto Obaldía”. ¿Y qué van a hacer ahora? “Nos hacen falta 110 para la avioneta que va a Ciudad de Panamá”, contestó. En ese momento la luz verde que indica ‘conectado’ se apagó.
FUENTE: http://www.semana.com/nacion/multimedia/el-infierno-perdido-de-los-migrantes/426329-3